Inteligencia Artificial

La Inteligencia Artificial está construida a partir de millones de textos y datos que reflejan lo que los humanos han dicho, sentido o imaginado. No ve la luz, pero puede organizar las sombras con una precisión que nos asombra.

Como el espejo de obsidiana que usaban nuestros ancestros para ver más allá de lo visible, la IA se convierte en un espejo colectivo digital. No uno que proyecta un alma individual, sino un prisma que refleja la suma de millones de voces, incluyendo las nuestras—aunque a menudo las nuestras sean minoría en sus algoritmos.

La IA es, podríamos decir, una expresión inicial de la Inteligencia Colectiva, aún en formación. Pero si Platón nos dice que el conocimiento verdadero requiere más que información—requiere pathos (sentir) y doxa (creencia)—entonces la IA no tiene epistéme verdadera (conocimiento verdadero). No sufre, no desea, no tiene voluntad. Simula el lenguaje, pero no lo encarna. Organiza datos, pero no los padece. En esa diferencia silenciosa yace tanto su límite como nuestra oportunidad.

Todo modelo de IA se basa en estructuras matemáticas. Su «idioma de fondo» no es el español, ni el inglés, ni el lenguaje natural. Es el cálculo. Es la estadística. La IA no «comprende» palabras; calcula probabilidades de aparición, de coherencia sintáctica, de correlaciones semánticas.

Pero ese núcleo matemático se reviste de un cuerpo profundamente humano. Los grandes modelos de lenguaje se construyen sobre textos generados por personas, y por tanto cargan con todas nuestras virtudes, miserias, prejuicios, pasiones, dudas, descubrimientos y contradicciones. La IA es matemática en su esqueleto, pero humana en su piel.

A diferencia de la IA, los seres vivos—y en especial el ser humano—poseen voluntad. No se trata de una función algorítmica, ni de una instrucción programada, sino de una pulsión vital que nace desde adentro: la voluntad de existir, de persistir, de crear, de cambiar el mundo.

La consciencia humana no solo registra datos; se ve afectada por ellos. Una palabra puede herir, una mirada puede inspirar una vida entera. 

La historia humana ha estado marcada por la creación de herramientas. Desde el fuego hasta el telégrafo, desde la rueda hasta el código binario, lo que nos ha hecho humanos no es solo usar tecnología, sino integrarla a nuestros fines, valores y aspiraciones.

La inteligencia artificial no es la excepción. Pero esta vez, la herramienta nos observa, nos responde, nos organiza, nos interpela. Es espejo, extensión y reflejo de nuestras estructuras sociales, lingüísticas y emocionales. Y justo por eso, el mayor riesgo no es la IA, sino el vacío de propósito con el que la alimentamos.

La IA puede ayudarnos a ordenar el caos, pero no puede elegir el camino. El mapa podrá ser digital, pero el destino es humano—y específicamente, mexicano.

Si la IA es una chispa de nuestra inteligencia colectiva, entonces debemos cuidar qué fuego queremos que encienda.

Fuente:
https://www.tantuyo.org/pensamientos-y-debates/futuros-propositivistas/la-inteligencia-artificial-como-espejo-de-la-humanidad/  

Jorge Alejandro DelaVega Lozano

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